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El correo trajo un paquete inesperado. Alcira lo abrió ansiosamente, para descubrir deleitada un libro para niños recién nacidos, de tapas acoladas. Casi se olvidó de preparar el almuerzo, tan fascinada estaba con las páginas que tendría que llenar. ¿Sería dentro de tres semanas? Así esperaba.

 

 

Sin embargo, había una página que podía comenzar ya mismo, un dibujo de un árbol familiar con espacio para los nombres y fechas de nacimiento de los padres, los abuelos y aun los tatarabuelos. Cuidadosamente dibujó las fechas que sabía de memoria de su propia rama familiar, dispuesta a que Jaime llenara lo de su propia ascendencia esa misma tarde. ¡Qué felicidad!

 

Y entonces Alcira se detuvo a preguntarse una vez más cómo sería su bebé. Los ojos oscuros y penetrantes de Jaime; seguramente esos genes predominarían sobre sus pálidas pupilas verdes. ¿Rizos? ¿Una cabeza calva? ¿Una nariz respingada? Seguramente no tendría sus pecas, esa peste de toda la vida! Mentalmente, ¿sería el bebé tan ágil como Jaime o pesaría lentamente todas las cosas como ella? ¿Tendría mente para la mecánica como su padre? ¿ O sería poético como la madre de Jaime? ¿ O siempre sediento de saber como el hermano menor de ella?

 

 

De acuerdo al artículo que acababa de leer esa mañana, el mismo instante de la concepción determina esos asuntos. El bebé sería una combinación de genes que ocurría cuando una de los millones de células espermáticas de Jaime se unía con una sola célula que llevaba las características hereditarias de la ascendencia de Alcira. Había tantas combinaciones posibles que ella se preguntaba cómo era posible que pudieran parecerse dos niños de una misma familia.

 

Era divertido imaginarse a sí misma presentando a sus padres un nieto, el primero. Los padres de Jaime ya tenían dos, pero también ellos parecían emocionados por la llegada de este nuevo bebé.

 

¡Pensar que ella, Alcira, al ofrecer su cuerpo para que sirviera de cuna temporaria, podía influir en las páginas de la historia familiar, que podía colocar un nuevo ciudadano en la población mundial, que algún día podía llegar a ser abuela ella misma!

 

Cuando nos casamos, nos casamos en una familia. ¡Qué dichosos somos de ser parte de dos familias en el matrimonio, cada una de las cuales enriquece nuestras vidas y las vidas de nuestros hijos!

 

Helen Good Brenneman

 

 

 

El salmista mostró el respeto que los hebreos tenían por el árbol familiar cuando escribió:

 

“Bienaventurado todo aquel que teme a Jehová, que anda en sus caminos.

Cuando comieres el trabajo de tus manos, bienaventurado serás, y te irá bien.

Tu mujer será como vid que lleva fruto a los lados de tu casa; tus hijos como plantas de olivo alrededor de tu mesa.

He aquí que así será bendecido el hombre que teme a Jehová … y veas a los hijos de tus hijos. Paz sea sobre Israel.”

 

Salmo 128:1-4,6